Observando atentamente
Mabeline estudió al hombre con creciente inquietud, fijándose en los sutiles gestos que reflejaban los de su hijo, Ezequiel, que se había marchado tras su parálisis. La forma en que se frotaba la barbilla, la caída de los hombros… todo le resultaba inquietantemente familiar. “¿Podría ser él?”, murmuró en voz baja. El perro ladraba de vez en cuando, y el hombre lo acariciaba con tanta ternura que despertó recuerdos que ella creía haber enterrado, llenándola tanto de dudas como de añoranza.

Observando atentamente
Recuerdo del pasado
Su mente daba vueltas al recordar el espíritu despreocupado de Ezequiel y su último y doloroso intercambio. “¿Por qué tienes que irte?”, había suplicado entre lágrimas. “No puedo quedarme y verte sufrir”, había respondido Ezequiel, con los ojos húmedos. Aquella noche se marchó y ella no volvió a verle. Ahora, mirando fijamente a aquel mendigo, las compuertas de la memoria se abrieron de golpe, dejándola estremecida.

El recuerdo del pasado

