Lágrimas y reconocimiento
Jane grabó sus conversaciones y más tarde se las transmitió a Mabeline. Sentada en silencio, Mabeline escuchó absorta. Cada palabra le hacía recordar fragmentos de la vida de Ezequiel, y los ojos se le llenaron de lágrimas. “Es él, lo sé”, susurró, con la voz temblorosa por la emoción. La cadencia familiar, la frase característica… todo reforzaba su conexión con su hijo perdido hacía mucho tiempo.

Lágrimas y reconocimiento
Creciente convicción
Cada pequeño detalle de las grabaciones reforzaba la certeza de Mabeline de que el mendigo era realmente Ezequiel. Desde su forma de hablar hasta los sutiles matices de sus historias, todo apuntaba inequívocamente a él. “Cada palabra, cada frase… es como oír a mi Ezequiel”, le dijo a Jane, con una voz mezcla de esperanza y angustia, y con una convicción cada vez mayor.

Convicción creciente

